Avisame cuando llegués…

Desde pequeña pasé mucho tiempo metida en mi mente. Siempre hubieron problemas en cuanto al sentido de pertenencia, no llegué a desarrollar un verdadero arraigo hacia mi país, tampoco rechazo u odio. Solamente estaba muy dentro mío como para mirar fuera. Hoy llegó una noticia amarga a mis oídos: otro tiroteo. Palabra y hecho que tanto normalizamos en mi territorio, sí; pero esta vez es distinto.

Siempre fue doloroso leer cifras de asesinato en mi tierra como si fueran un conteo de cultivos, hubieron noticias específicas que me llenaron de terror y me causaron profunda repulsión. Aún así, me monté día tras día en el transporte público, varias veces sentí mis latidos acelerarse por miedo a sufrir un asalto, pero nunca experimenté de manera cruda la sangre que corre por mis calles…

Vi cadáveres en el asfalto, vidas que conocieron su final por un conductor imprudente, porque alguien no prestó demasiada atención. Vi familias llorando durante horas alrededor del cuerpo de su ser querido, pues medicina legal tardaba demasiado en llegar a la escena. Vi personas peleando por comida en el centro de mi ciudad, vi sus rostros duros después de tanto apaleo, gritando por una taza de café… vi muchas personas sin hogar, en el frío de las calles, con recién nacidos en sus brazos. Vi niños trabajando en los semáforos, siendo rechazados por los conductores, los vi volverse violentos mientras aún trataban de jugar; con la piel llena de tierra, quemada por el sol e impregnada con su sudor.

Vi tantas cosas pasar aquí… y nunca hablé, nunca armé un discurso en contra de la violencia de mi nación, nunca formé un criterio bien argumentado, ni investigué para tratar de explicar cuándo, cómo y por qué surgieron las pandillas, traté de no emitir juicios o dictar sentencias contra los asesinos. Solamente tuve un nudo en la garganta cada vez que vi cómo mis compatriotas perdieron la compasión los unos por otros, cuando a punta de supervivencia tuvo que volverse natural reaccionar con un “siempre y cuando no me pase a mí”. Una incomodidad herida se instaló en mi pecho cada vez que pensé en cómo cada muerte publicada en los periódicos (y las muchas más de las que nadie se enteró) pudieron ser de una persona a quien yo amo…

El conocimiento sobre este tiroteo no llegó a mí a través de los medios, de una publicación o vía redes sociales… no. Vino como un mensaje de una persona que amo y estuvo sumamente cerca del lugar donde la tragedia sucedió. Y hoy… hoy puedo decir que nunca había sentido tanto terror. Me crié en un país donde, actualmente, pedirle a las personas que amamos que nos avisen cuando lleguen a casa o a su destino, lejos de ser una forma de control enfermiza, es una verdadera muestra de amor y preocupación. No quiero ni siquiera contemplar la posibilidad de un día no recibir ese mensaje con un emoticón en forma de casa… hoy tiemblo ante la realidad que me rodea y me llena un dolor mezclado con rabia.

Rabia de saber que debemos vivir sintiendo miedo, miedo de simples seres humanos al igual que nosotros… me da rabia y me parece tan cruel, tener que sentir este vacío frío al recibir una noticia de esta índole de parte de alguien a quien amamos y que nos ama. No encuentro justificación a este sufrimiento. No puedo entender por qué caminar de noche por las calles de mi ciudad tiene que ser una lucha por preservar la vida, una angustia constante… por qué hombres y mujeres, jóvenes, adultos y ancianos deben protegerse de la tierra que los vió nacer.

Y… bueno, ya otro día les contaré cómo se vive esta historia, habiendo nacido mujer…

—A.

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