Primero él, después yo

Nos enseñaron “primero el otro, después yo; por educación”.

No se dice “yo y él fuimos”, se dice “él y yo fuimos”.

Es uno de los reproches más célebres de la niñez, extendido incluso hasta la adolescencia y bien puede acompañarnos toda la vida.

No estoy en contra de esta pequeña lección universal. Parece cortés poner primero al otro, no es esa mi preocupación real. Mi preocupación es cuando crecemos y dicha enseñanza pasa a ser un “primero el otro, después yo; por amor”.

Nuevamente suena razonable poner en primer lugar a la persona que se ama. He vivido en carne propia lo verdadero de esta afirmación… pero, ¿hasta dónde? ¿hasta dónde puede un ser humano relegarse en nombre del “amor”?

Primero su bienestar, después mis lágrimas. Primero protegerlo de las balas, después taparme las heridas. Primero recibir los golpes, después apretarme los vendajes. Primero su dignidad, después mi humillación.

Primero su abrigo, después mi frío. Primero su calma, después mi pánico. Primero sus sueños, después mi resignación. Primero su orgullo, después mi exposición. Primero su salud, después mi debilidad. Primero su poder, después mi sometimiento.

Primero él…

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después…

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muy después…

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yo…

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.

y lo seguimos llamando “amor”.

—A.

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